¨Todas las veces, todas las horas que quería encontrar a Dios, lo encontraba¨ (Ignacio de Loyola).
El primer capítulo de un libro es siempre muy importante. Normalmente se deja para el último lugar, cuando el escritor ha terminado su trabajo de redacción. Es entonces cuando sabe que debe poner en la introducción o en el prefacio: el asunto del que ha tratado, el objetivo que perseguía, el método que ha empleado.
Una buena novela policiaca, por ejemplo, nos permite conocer desde el principio, en el primer capítulo, los principales elementos del enigma a resolver. Los diferentes personajes, el drama que se ha producido, las pistas que se le ofrecen al lector y que mantendrán su interés hasta el final del relate.
Los libros de espiritualidad no son una excepción a esta regla. No son necesariamente tristes y pesados. Deben cautivar al lector mientras explora misterios que, a menudo, no tienen nada que envidiar a los policíacos.
El libro que empezáis a leer lleva como título: CAMINA EN MI PRESENCIA, y como subtítulo, ¨El discernimiento espiritual en lo cotidiano¨. Ambiciona despertar en los lectores una sensibilidad espiritual en todos los instantes para que puedan descubrir, en todo momento y en todas las situaciones, el gusto por Dios.
A partir de un amplio abanico de temas (el amor, la luz, la gracia, las llamadas, las respuestas, el pasado, el futuro) estrechamente articulados en torno a una imagen directriz, trata de desarrollar de forma gradual un corazón que discierna, que sea capaz de reconocer siempre la presencia del Resucitado en la vivencia concreta de lo cotidiano.
Esto puede, en un primer momento, parecer abstracto y poco atractivo. Un poco como si consultaremos un mapa de carreteras antes de ir de viaje. Me atrevo a esperar que a lo largo de estas páginas podáis descubrir un vasto y maravilloso paisaje que regocijara vuestro corazón e iluminará vuestra inteligencia. Cuento con vuestro interés y con vuestra capacidad de admiración para hacer esta búsqueda apasionante de un Dios que no consume nunca nuestra sed de conocimiento y al que solo descubrimos buscándole siempre.
El titulo, Camina en mi presencia, proviene de la invitación del Señor a Abrahán, en el libro del Génesis (Gen 17,1). Concreta y profundiza el primer llamamiento que escucho nuestro padre en la fe: «Sal de tu patria» (Gen 12,1).
Anuncia dos aspectos que encontraremos unidos y en armonía a lo largo de todo el libro: ¨el aspecto de la fe y del devenir¨ simbolizado por el obrar, el proceder, y ¨el aspecto de perma-nencia y estabilidad¨ evocado por la voluntad de Dios.
No sabríamos caminar sin señales Procede, dice el Señor, camina, pero no a solas, ni a ciegas. Porque se trata precisamente de esto: ante la continua presencia de Dios, para dinamizar nuestra vida en progreso hacia su realización.
Presencia, en griego, se dice “parousia”. Con ella se designa, por una parte, nuestro estar con Dios, hacia el cual tendemos como hacia nuestra santidad. Y, por otra parte, se refiere sobre todo al propio Dios, a su estar con nosotros, que lo tenemos asegurado para siempre.
Nosotros con Dios, Dios con nosotros: la Parousia señala “el encuentro culminante de estas dos presencias, cuando nuestra vida haya alcanzado su plena madurez”. Es el sentido de la expresión «y sed perfectos», que completa la invitación del Señor a caminar con el, a obrar según su voluntad. «Camina en mi presencia [acompañado por/con mi amor] y se perfecto» (Gen 17,1).
Dos libros preceden al presente volumen, y le sirven de contexto y preparación. El primero, Sal de tu tierra, explora ampliamente la apasionante aventura de la vida espiritual con sus componentes de base, sus etapas, sus crisis y sus actitudes[1]
El segundo, ¿Donde me quieres llevar, Señor?, trata del discernimiento espiritual que, como obligado regulador de la caridad, constituye uno de los elementos indispensables de la vida espiritual para asegurar su salud y su equilibrio[2]. Los tres títulos componen una especie de dialogo simbólico entre el Señor y el creyente:
Sal de tu tierra.
¿Dónde me quieres llevar, Señor?
Camina en mi presencia...
Contexto que integramos sintéticamante, y que nos ayudará a situarnos y comprender más a que nos llama el Señor cuando nos invita a caminar en su presencia. Es un buen sistema proceder desde lo más grande hasta lo más concreto, de lo universal a lo particular. Procedamos.
Solo tenemos una vida, una sola, la que vivimos en el presente. Pero entonces, pensemos, ¿qué queremos decir cuando hablamos de la vida futura, de la vida en el más allá? Hablamos siempre de nuestra única vida, de nuestra vida actual, pero en cuanto destinada a evolucionar y a transformarse con el tiempo.
No se trata pues ¨de otra vida¨. Sino de una vida distinta, que se ha transformado a lo largo de su devenir. Como es única, nuestra vida nos es tremendamente preciada. El gran interrogante que nos hacemos, a partir de ahí, es el siguiente: ¿como vivir plenamente, lo más intensa y densa-mente posible, nuestra única vida? ¿Cómo hacer que produzca todos los frutos de bondad? ¿Que condiciones necesitamos para esperar siempre más esta plenitud de vida que nuestro ser pide con todos sus deseos?
Las páginas siguientes quieren aportar elementos de respuesta a estas preguntas que, al igual que los propios deseos de la vida, se revelan inagotables.
LA CABEZA Y EL CORAZÓN
Partamos de una imagen familiar, la de un coche. El ser humano funciona un poco como un automóvil que, para desplazarse bien, necesita al mismo tiempo un motor y una dirección. Un automóvil sin motor no puede moverse, aunque su volante funcione perfectamente. Y, un motor bien hecho, funcionando a pleno rendimiento, será muy peligroso si no tiene una buena dirección que controle y oriente las fuerzas motrices.
Lo mismo ocurre con el ser humano. Para el, el amor constituye, por así decirlo, el motor de las acciones, mientras que la inteligencia asegura su dirección. El papel de la inteligencia es administrar bien, orientándolas, las fuerzas dinámicas de la afectividad.
Estas dos funciones de la inteligencia y de la afectividad deben pues actuar en conjunto para que la acción humana pueda efectivamente producirse y desarrollarse como es debido. Para conjugar bien, al nivel del comportamiento humano, los factores de la inteligencia y de la afectividad, del conocimiento y del amor, solemos evocar con frecuencia la necesidad de ¨reconciliar y armonizar cabeza y corazón¨.
Se dice que, dejándose llevar por si mismo, el corazón ama desmesuradamente y es capaz de todo tipo de locuras: «E1 sueño de la razón produce monstruos»[3]. Dejándose llevar por la cabeza, esta no es mejor... Lo que dice Chesterton es verdad, sin duda alguna: «E1 loco no es el hombre que ha perdido la razón. El loco es el que ha perdido todo menos la razón». Si el corazón no tiene medida, la cabeza pasa su tiempo midiendo, analizando, comparando, juzgando. Los movimientos del corazón y los del espíritu parecen ir en sentido contrario.
La inteligencia asume su propia realidad, su papel es el de «comprender». Por el contrario, el amor sale de si, es un movimiento de desposesión. «E1 espíritu -apunta Víctor Hugo- se enrique-ce con lo que recibe, y el corazón se enriquece con lo que da». No se trata de elegir entre cabeza y corazón.
Lo que importa es acercar el uno a la otra, de poner la cabeza al nivel del corazón, so pena de exponerse a graves desequilibrios, como dicen los Padres de la Iglesia. «Ahora entiendo las palabras de S. durante mi primera visita -escribe Etty Hillesum en su Diario-: Lo que está aquí (y señalaba su cabeza) debe ir hasta aquí (y señalaba su corazón) »[4]. Francois Varillon critica con fuerza la «dicotomía ruinosa entre una razón reducida a su función calculadora o especuladora y un sentimentalismo irracional»[5].
«! Corazón de oro y cabeza loca!». ¿Quién no conoce las extravagancias y meteduras de pata que tal o cual persona de generosidad desbordante no deja de cometer por falta de juicio? !Es bien sabido que el infierno esta adoquinado con buenas intenciones! Por el contrario, cuando alguien no tiene corazón y se alimenta de malas intenciones, no hay ninguna de sus cualidades que no se considere equivocada, que no se convierta también en mala, comenzando por su inteligencia.
Todo parece perjudicial para quien no conoce la bondad, decía Montaigne. No hay nada más terrible que un bandido fuerte, tenaz y dotado de imaginación e inteligencia. Seria mejor que no poseyera ninguna de estas cualidades, pues su malicia seria menos nefasta.
El sueño del corazón produce monstruos, igual que el de la razón. La separación entre el corazón y la cabeza, cuando uno funciona en detrimento del otro, no puede producir más que desastres que, tal como lo muestra un texto de Bertrand Russell[6], pueden alcanzar dimensiones extremas:
«En la Edad media, cuando se declaraba la peste en un país, los hombres piadosos aconsejaban a la población que se reuniera en las iglesias y rezara para que desapareciera; esto solo conseguía que el mal se expandiera con una extraordinaria rapidez entre los orantes allí reunidos.
Este es un ejemplo del amor sin conocimiento. La última guerra es un ejemplo de conocimiento sin amor. En un caso y en otro, el resultado fue una muerte a gran escala».
[1] J. G. SAlNT-ARNAUD, Sal de tu tierra. La aventura de la vida espiritual, San Pablo, Madrid 20051
[2] ID, ¿Dónde me quieras llevar, Señor?, Narcea, Madrid 2006.
[3] DIMITRIU, Au Dieu inconnu, Seuil, París 1979, 101.
[4] E. HILLESUM, Une vie bouleversée, seguida de Lettres de Westerbork, Seuil, París 2001,24.
[5] F. VARlLLON, Beauté du monde et souffrance des hommes, Le Centurion, París 1989, 126.
[6] Citado en J. MEUNIER-A. M. SAVARIN, Massacre en Amazonie, Éditions «j'ai lu», París 1969, A251, 148.
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