martes, 9 de agosto de 2011

1B - La "Caritas discreta"

La dimensión espiritual no escapa a la necesidad de aunar bien el corazón y la inteligen-cia, la caridad y el discernimiento. La caridad representa el aspecto afectivo, el elemento diná-mico de la vida espiritual. El dis­cernimiento, por su parte, designa el aspecto cognitivo o el elemento intelectual y su papel es ordenar, orientar las fuerzas de la caridad, para que sean ple-nas. Para que no se dispersen y no se derrochen, para que no hagan locuras.

No hay peores locuras que las religiosas, pues implican a Dios y se hacen en nombre de Dios. se adornan con su autoridad. Cuando nos enteramos de las extravagancias religiosas que Ignacio de Loyola conoció en Manresa, aunque «animado por grandes deseos, seguía estando ciego»[1], se comprende fácilmente su insistencia para que la caridad vaya siempre acompañada del discerní-miento.

La expresión caritas discreta -caridad acompañada de discernimiento) aparece en el como un verdadero lema, por así decir, como una marca comercial característica de su espiritualidad. No quiere que separemos impulsos del corazón e inteligencia espiritual.

Cuanto más fuerte es la caridad, más se impone el discernimiento, no para contradecirla y disminuirla, sino para canalizarla. El papel del discernimiento no es encender la pasión, sino, muy al contrario, favorecerla y servirla permitiendo que se ejercite plenamente sin desorientarse ni perderse. El discernimiento, desde ese momento, actúa en cierto modo “como un termostato”, como un regulador de calor.

Cuando, en una habitación, el calor es demasiado intenso, no estamos a gusto y corremos el riesgo de deshidratarnos. Por el contrario, cuando hace demasiado frio, la situación no es mejor: hay peligro de constiparse y de que salgan sabañones. Lo importante es, por tanto, calibrar bien, equilibrar la temperatura.

Así ocurre con el fuego de la caridad. Podemos perjudicar haciendo el bien con una caridad excesiva, indiscreta e intempestiva. Para no ejercer nuestra caridad equivocada y defectuosa-mente, conviene juzgar bien las situaciones y estar siempre alerta y vigilantes.

Lo que caracteriza propiamente a la persona religiosa es precisamente esta cualidad de vigilancia y de atención paciente que encontramos en el que vela[2] . La persona religiosa es esencialmente, según la expresión de los Padres de la iglesia[3], un «néptico» (nepsis, despertar), “una persona que elige vivir su vida despierta, con los ojos bien abiertos”. El nombre de Buda, al parecer, significa «el despierto».

EL DISCERNIMIENTO PERMANENTE

Esta actitud de inteligencia espiritual siempre despierta se refiere menos a acciones puntuales de discernimiento y más a un estilo de vida, a estar dispuesto en todo momento. La perma-nencia del discernimiento, eso es lo que importa: es ella la que garantizara la capacidad de discernir en las situaciones particulares.

En efecto, alguien que no es normalmente inteligente, no lo será más cuando tenga graves problemas que resolver. De la misma forma, quien no esté habituado al discernimiento, no sabrá apenas discernir cuando tenga que tomar decisiones importantes.

Una vida espiri­tual equilibrada requiere siempre que nos ajustemos a la buena voluntad de Dios, “que decidamos según su voluntad, prestando una atención continua, renovada, a los signos que nos muestra a través de los acontecimientos, de los encuentros y, sobre todo, como veremos, a través de lo que vivimos en nuestro interior”.

Y ¿cómo actuar, para desarrollar esta actitud habitual de atención, esta disposición, en todo momento, de reconocer los signos que me ofrece Dios y que me permiten dirigir correcta-mente las energías de mi caridad? ¿Cómo desarraigarme de la inconsciencia y del sonambulis-mo cotidiano, como salir del flujo, de la ola, evitar la amnesia, el Alzheimer espiritual?

¿Como adquirir lo que los maestros llaman el sentido o el tacto espiritual, esta sensibilidad y esas antenas espirituales que me permitirán mantenerme siempre conscientemente en el amor?

El verdadero discernimiento, según Jean Lafrance, «no es la práctica de la fría razón, sino la puesta en práctica de una sensibilidad espiritual (cf Flp 1 ,9), de un instinto que nos hace des-cubrir las huellas de la acción de Dios en nuestra vida. Es la unción de la que habla san Juan y que nos enseña todo»[4].

En resumen, ¿cómo lograr que mi corazón discierna?

EL EXAMEN ESPIRITUAL DE CONCIENCIA

El discernimiento es uno de los dones del Espíritu (Is 11,2) que debo pedir encarecidamen-te, como hizo Salomón (I Re 3,9), pero es un don que puedo, disponerme a recibir y a aprender a desarrollar en mí. Y para adquirir un corazón que discierna, existe un medio reconocido, probado, utilizado en todas las tradiciones religiosas, bajo una u otra forma, y que tiene precisa-mente como función asegurar el desarrollo del discernimiento permanente: el examen espiritual de conciencia.

Esta práctica es ahora algo común a todas las religiones y tradiciones espirituales[5], la persona religiosa reconoce fácilmente en sí su fidelidad pone al examinarse, en la calidad de la atención que presta al leer sus vivencias.

El examen de conciencia, en su forma tradicional, consiste en ¨reservarse, a lo largo del día, uno o dos momentos de pausa, de unos quince minutos, para ver de nuevo y revisar[6] lo que hemos vivido¨, desde la última pausa. Al obtener un beneficio de esta revisión, tendremos la posibilidad de ordenar mejor nuestra vida para el tiempo futuro.

Francisco de Sales habla de este alto, de esta pausa-salud, como de un «mini retrato cotidia-no»[7]. El objetivo de un retrato, como su palabra indica, consiste en tomar distancia frente a lo vivido para leerlo y evaluarlo[8] mejor y, así, conseguir vivir mejor en el futuro.

Como el comerciante que todas las tardes hace la caja para comprobar si ha ganado o perdido dinero. Tomar regularmente el pulso de nuestra experiencia espiritual. Si estuviéramos progra-mados como lo están los animales, no tendríamos que hacer ejercicios de inteligencia. Las orientaciones de nuestra vida serian ordenadas por nuestros instintos y obedeceríamos a ellos ciegamente.

El ser humano está hecho de tal forma que (y ahí están su grandeza y su miseria) debe escapar, hasta cierto punto, a las influencias de su entorno, y determinar por sí mismo como ac-tuar a partir de las luces que constituyen su discernimiento. Esto vale para todos los ámbitos de nuestra vida, pero más aún para el dominio de nuestra vida espiritual.

En este nivel, lo que intentamos comprender cuando examinamos nuestra vida son fundamen-talmente los signos de la voluntad del Señor que El nos da para que podamos orientar bien nuestra acción. No se trata pues de una introspección psicológica o moralizante, sino de una verdadera búsqueda, en el Espíritu, de las intenciones que tiene Dios sobre nosotros.

Lo importante sigue siendo, no lo que yo he hecho por el Señor. sino lo que el Señor quiere hacer en mi o a través de mi.

IGNACIO DE LOYOLA, en el numero 43 de sus Ejercicios espirituales, propone una prác-tica clave para guiar nuestra forma de hacer el examen[9]. Cinco etapas, que recorrer gradualmen-te, marcan el camino de la experiencia. Esas etapas constituyen un conjunto y un entorno que proporcionan a la marcha su carácter propiamente espi­ritual.

El padre George Aschenbrenner, en su famoso artículo “El examen espiritual del cons-ciente”[10], ofrece una excelente presentación, inteligente, renovada y muy bien actualizada, de la forma de hacer el examen propuesto por san Ignacio. Este texto es de obligada lectura.



[1] IGNACIO DE LOYOLA, Autobiografía 14 (cf El peregrino: autobiografía de Ignacio de Loyola, Mensajero, Bilbao 1991).

[2] H. NEWMAN, Parochial and plain sermons IV, sermón XXII: Watching; Sermons on various occasions, sermón III: Waiting for Christ. Pueden encontrarse íntegramente estos sermones en www.newmanreader.org.

[3] Cf. J. LAFRANCE, Día y noche, San Pablo, Madrid 19993. Sobre los népticos, cf también O. CLÉMENT, Dialo-gues avec le patriarche Athénagoras, Fayard, París 1969, 27,202,211.

[4] J. LAFRANCE, A l'école de saint Ignace, Cahiers de spiritualité ignatienne 22 (1982) 3l.

[5] «El examen de conciencia tiene una larga historia que se remonta hasta la antigüedad pagana. Los estoicos en particular lo utilizaban de forma muy regular… Encontramos también formas de examen de conciencia en la antigua India y en el Islam.

Fue, sin embargo, principalmente a partir de los estoicos, via los Padres de la Iglesia, se introdujo en el cristia-nismo el examen de conciencia. Y en él, después de la época de las persecuciones, es decir, después de la Paz de Constantino, comenzó a tener un importante papel, haciéndose cada vez más relevante.

Durante la Edad media la tradición se extendió, especialmente entre los cistercienses, en las órdenes mendican-tes, y más tarde en la Devotio moderna. A través de la Devotio moderna fue como el examen de conciencia se implan-tó entre los laicos» (Examen de conscience, en Dictionnaire de spiritualité IV /2, París 1961; cf Examen de conciencia, en E. ANCILLI, Diccionario de Espiritualidad II, Herder, Barcelona 1983, 68-73; cf también S. ROBERT, Aux sources de la relecture: l'examen de conscience, Christus 194 [1997) 231-232).

[6] Sobre el examen como «revisión» de la vida, segunda mirada, «re-espec-tar», doble visión (por oposición a cor-ta visión), cfr. M. QUOIST, Réussir, Éditions ouvriéres, París 1961, 199-202,221-228 (trad. esp.: Triunfo, Herder, Barcelona 19986).

[7] Según Divarkar, san Ignacio consideraba el examen de conciencia como una fórmula de sustitución de los Ejercicios espirituales para aquellos que no pudieran completar con éxito su retrato: P. DIVARKAR, Le chemin de la connaissance intérieure, Médiaspaul-Éditions Paulines, París-Montréal 1993, 53 (trad. esp.: La senda del conocimiento interno, Sal Terrae, Santander 1984).

[8] El término «examen» se refiere al cursor de una balanza romana, a la evaluación, al peso obtenido en medio de un equilibrio: G. FESSARD, La dialectique des Exercices spirituels de saint Ignace de Loyola 1, Aubier, París 1956, 79; A. MANARANCHE, Un chemin de liberté, Seuil, París 1971,99 (trad. esp.: Un camino de libertad, Stvdivm, Madrid 1973).

[9] Encontraremos la práctica del examen, en los Ejercicios espirituales, no sólo en el número 43, sino también en los números 77 (examen de oración), 333-336 (examen de consolaciones), 342 (examen de afectos). Sobre las relacio-nes entre el examen, el Principio y fundamento y la contemplación para conseguir el amor, cf. J. A. TETLOW, The most postodern prayer. American Jesuit Identity and the examen of conscience, Studies in the Spirituality of Jesuits, 26/1 (enero de 1994) 45, 47-48.

[10] G. A. ASCHENBRENNER, L´examen de conscience spirituel, Cahiers de spiritualité ignatienne 9 (1979) 30-42; Consciousness Examen, Review for Religious 31 (1972) 14-21

No hay comentarios:

Publicar un comentario