Otro artículo completa notablemente las reflexiones del E Aschenbrenner, el de Jean-Clause Dhotel, “Dominio y entrega de uno mismo”. Este texto proporciona una imagen directriz especialmente aclaradora que permite comprender la lógica interna y la dinámica de base que unifican el recorrido sugerido por san Ignacio. Al final de sus reflexiones[1] , el P. Dhotel une en torno a un dibujo las diversas etapas del examen de conciencia. El dibujo representa esque-máticamente a un hombre con los brazos elevados hacia el cielo, “como un suplicante o un orante, con un pie en tierra y otro en el aire, para indicar mejor que el hombre está caminando.
La distribución de las cinco etapas del examen de conciencia propuestas por san Ignacio permite al E Dhotel explicar, en su dibujo, los vínculos que unen cada fase del caminar ayudan a comprender bien la unidad orgánica de la acción.
Las dos primeras etapas, (1) solicitud de luz y (2) acción de la gracia, tienen como objetivo mostrar, por así decirlo, el telón de fondo; vestir el decorado en cuyo interior va a tener lugar la experiencia del examen espiritual de conciencia.
Es un poco como si, al principio, san Ignacio nos invitara a abrir mucho los brazos hacia el cielo en una actitud de acogida y de reconocimiento, para situarnos bien delante de Dios. «Quiero, pues, que todos los hombres oren en todo lugar levantando, las manos» (ITim 2,8). Esta puesta en situación de salida es necesaria ¨para impedir que el examen tome una tangente puramente moralizante o psicológica¨[2]. Así pues será en el horizonte luminoso de la acción de la gracia donde se hará la relectura y el discernimiento de lo vivido.
Una vez establecido bien este contexto, la tercera etapa (3) el examen propiamente dicho, comenzando por las llamadas de Dios antes de abordar las respuestas que le damos nosotros. Hay que preci-sar que el examen de las respuestas no debe limitarse solo a las res-puestas negativas.
También es muy importante ser conscientes de que hemos podido corresponder a las invitaciones del Señor para darle gracias por ellas como reconocer, para que eso no se reproduzca más, que hemos faltado a la cita que había fijado con nosotros.
La etapa siguiente consiste en (4) asumir bien nuestro pasado, es decir, en salvarlo del olvido, nombrando, por una parte, las cosas buenas que hemos vivido y, por otra parte, ¨recon-ciliándonos¨, si es oportuno, con las vivencias negativas, transformándolas en positivas por la contrición y el arrepentimiento.
Es entonces cuando podemos pasar a la última etapa (5) centrada en el futuro, que debemos mirar con confianza; es la resolución cargada de esperanza.
La imagen directriz -una persona caminando con las manos elevadas hacia el cielo- nos facilita una especie de hilo conductor que nos guiará en la exploración de la persona espiritual, desde la punta de los dedos hasta la punta de los pies.
La acción del discernimiento - que hay que desarrollar en lo concreto de lo cotidiano- se sitúa precisamente al nivel del examen como tal: examen de llamadas y examen de respuestas. Aquí esta, en efecto, el punto de unión entre mi relación con Dios (luz, gracia, llamada) y mis com-promisos concretos en la trama histórica de mi vida (respuesta, pasado, futuro).
Todo tiene lugar entre las llamadas y mis respuestas. La unión entre mi oración, mi contem-plación y mis acciones y compromisos, entre la teoría y la práctica. El discernimiento espiritual vincula “lo visible y lo invisible”, la acción del Espíritu y la libertad humana, el compromiso socio-económico-moral y las percepciones de la fe, la naturaleza y la gracia. Llevar a cabo en concreto la conjunción y la colaboración efectiva con el Espíritu: «E1 Espíritu Santo y nosotros hemos decidido» (He 15,28).
Es la puesta en práctica de la implicación secular de la Encarnación que san Ignacio experi-menta por el descubrimiento de «Dios en todas las cosas», descubrimiento de la presencia actual y activa del Resucitado en el contexto realista de nuestro combate contra las fuerzas del mal y de la muerte.
Presencia ante Dios y ante el mundo que se conjugan y se unen en el centro mismo de la presencia de la propia persona, allí donde se comprenden las llamadas del Señor, donde se toman las decisiones y se compromete la libertad. Esto es lo que evoca la imagen directriz que explicaran los capítulos siguientes.
Cuando se lleva a cabo progresivamente y en una perspectiva espiritual, la práctica del examen de conciencia, la entendemos fácilmente, sobrepasa la simple práctica de la piedad para convertirse en un estilo de vida personal. En una forma que tiene la persona de vivir su vida, despierto, con los ojos bien abiertos.
La actitud permanente de discernimiento que así se desarrolla nos lleva a una aventura apasio-nante, la que nos compromete a buscar el rostro del Resucitado. Tenemos que buscarle allí donde se da para que le descubramos. En el centro de nuestra vida, en los acontecimientos y encuentros que jalonan nuestros días.
Esta práctica la ha ejercitado y desarrollado tan fielmente san Ignacio, que al final de su vida pudo confesar que «Todas las veces, todas las horas que quería encontrar a Dios, lo encon-traba» 19[3]. Encontrar a Dios en todas las cosas, volverse¨ contemplativo en la acción¨, a esto es a lo que apunta el examen espiritual de conciencia.
[1] J. C. DHÓTEL, Maitrise et remise de soi: l'examen spirituel du conscient, Christus 116 (1982) 464.
[2] Es importante superar la consideración moral de los pecados para hacer el examen de una experiencia de discernimiento propiamente espiritual, para descubrir la voluntad de Dios, para establecer con él un vínculo interpersonal: cf más abajo M. CARVALHO AZEVEDO, Priére dans la vie, Centurion, París 2003, 265-269 (trad. esp.: Oración en la vida, desafío y don, Verbo Divino, Estella 1990); p. DJVARKAR, o. c., 54; J. DELLUMEAU, Le péché et la peur, Fayard París 1983, c. 6: La mise au point de l'examen de conscience, 211-235.
[3] A partir de aquí no hay más citas bibliográficas a pié de página en esta versión, sí en el libro. La persona que me hizo el escaneo previo del libro lo escaneó todo, pero a la hora de corregir decidió borrar las Notas ¨inconsulta-mente¨, quizás porque le daba mucho trabajo.
Y así empobreció lo escaneado porque nos privó de citas, donde poder profundizar, y de resúmenes y comentarios adicionales. Si hubiera sabido de su tentación de borrar las Notas, le hubiera pedido que me las diera en bruto, que ya las corregiría yo.
Un lujo de ignorancia. Atrevida.
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